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  • Publié le : 6 octobre 2010
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el 29 de julio, la noche de los bastones largos, mi padre habia asistido a la reunion convocada por el rector y el profesorado del colegio nacional de buenos aires. El debate parecia decantado: lainmensa mayoria se mostraba de acuerdo en apoyar la postura oficial de la universidad y rechazar, enconsecuencia, la intervenciones e algunos companeros de la fede, y pensaba tambien en que iba siendohora de volver al metro si queria llegar a tiempo para cenar. De pronto, uno de los bedeles entro al salon de pleno y se acerco ara susurrarle unas palabras al rector, que parecio inquietarse y murmuroalgo al oido del vicerrector. Este permanecio en su asiento, aunque comenzo a mover las manos en todas direcciones, como si estuviera cosiendo un hilo invisible. El debate concluyo de maneraapresurada unos minutos despues, y entonces la noticia se propago entre los presentes: la policia habia rodeado el edificio. Alguien dijo que convenia que los alumnos se retirasen sin escandalo, y variosestudiantes reaccionaron gritando que pensaban quedarse alli y hacer todo el escandalo que quisieran. Mi padre dudaba e intercambio opinines con tres amigos. Uno era partidario de quedarse y esperar unpoco. Otro insistia en ir hasta la puerta y provocar a los agentes. El otro recomendaba marcharse cautamente. No hubo tiempo para que discutieran: mientras profesores y alumnos avanzaban por unpassillo, llegaron hasta el interior del colegio los altavoces de la policia. El sonido provenia de la calle Bolivar. Una voz nasal y metalica les exigia a todos los ocupantes del edificio que lo evacuaran enun maximo de veinte minutos, o de lo contrario la policia se veria obligada a entrar por la puerza. Las puertas del colegio, en efecto, habian sido cerradas: era la unica y simbolica medida deresistencia fisica que se habia tomado. La voz metalica repetia que tuvieran a bien salir del edificio, y que tuvieran a bien hacerlo en perfecto orden y agachando la cabeza, porque volaban los garrotes.
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