Suerte papa

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  • Publié le : 27 mars 2011
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Suerte, papá
Mi padre era torero profesional. Cuando toreaba en Madrid, siempre iba a vestirse a casa de su madre. Subíamos andando por Reina Victoria con el hato del traje de luces bajo el brazo y,una vez en el piso de la abuela, mi padre se metía en el cuarto de baño ataviado de simple mortal y salía transmutado en un personaje fabuloso, todo brillos y sedas y diamantes. Un príncipe de cuentoque además se dedicaba a algo muy raro y muy peligroso, algo que yo no sabía bien lo que era pero que, según me habían contado, exigía un indecible valor y era extremo y hermoso. Luego, con eltiempo, milenios después de todo aquello, crecí y comprendí que a mí no me gustaban las corridas de toros, que me parecían demasiado brutales; pero por entonces, en el ambiente taurino y desde dentro, yosólo percibía una especie de romanticismo legendario, la proeza del reto, el coraje de afrontar el beso de la muerte cada tarde. La costumbre, que es una clase de ceguera, hacía que nadie fueraconsciente del nivel de violencia. De hecho, mi padre siempre fue un apasionado amante de los animales. Así de complejos somos los humanos.
El mundo de los toros es muy ritualizado y todas aquellas tardeseran exactamente iguales unas a otras: la hora de llegada a casa de la abuela, la tensión que se palpaba en el ambiente, el encierro en el cuarto de baño, la asombrosa mudanza a un padre relumbrante, lasúltimas palabras que yo debía decirle antes de que saliera por la puerta, “suerte, papá”, exactamente eso y sólo eso, una fórmula fija a modo de conjuro o de encantamiento, porque la costumbresupersticiosa manda despedir así a los toreros que se van a la plaza, suerte, maestro, esas deben ser las últimas palabras que les diriges, de manera que suerte, papá fueron las primeras palabras que meenseñaron a balbucear cuando era niña. Y, al decirlas, yo sentía que le estaba protegiendo con mi hechizo verbal de los graves peligros que le acechaban. […]
Al cabo, tras la deliciosa angustia de la...
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