Salud profsor galvez

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¡Salud, profesor Gálvez!
5 El próximo 11 de septiembre se cumplirán 25 años del sangriento golpe militar que terminó con la ejemplar democracia chilena, asesinó e hizo desaparecer a miles de mujeres, hombres y niños, golpeó, torturó y condenó al exilio a cientos de miles de ciudadanos de la nación austral. Con motivo de la efeméride se recordarán muchos nombres y será justo repetir el de Salvador Allende, un hombre digno y consecuente hasta el último soplo de su vida. Con asco se nombrará a los responsables directos de la felonía, y a algunos de los que atizaron con dólares el fuego de la infamia. El 11 de septiembre de 1973, el profesor Gálvez enseñaba castellano en una pequeña escuela rural cerca de Chillán, en el sur de Chile. Rondaba los sesenta años, era viudo, y su única familia eran un hijo que cursaba estudios de agronomía en la Universidad de Concepción, y sus alumnos. El hijo, como otros miles de jóvenes, un día fue tragado por la máquina del terror. Durante dos años don Carlos Gálvez llamó a todas las puertas, habló con gentes amables o hurañas, dignas o atemorizadas, solidarias o vencedoras, recibió risas, insultos, pero también frases de consuelo. No cejó1 en su empeño2 hasta que lo encontró, convertido en una ruina, pero vivo. En 1979, don Carlos Gálvez, «socialista, laico y bebedor de vino tinto», logró sacar al hijo de la cárcel y lo envió a la República Federal Alemana convertido en un exiliado más, pero vivo. Las secuelas de la tortura les cobraron la cuenta a muchos chilenos cuando reiniciaban la vieja costumbre de vivir. El hijo de don Carlos fue uno de ellos. Murió en Hamburgo en 1981 y, el profesor Gálvez, con una pequeña maleta, voló a Europa para asistir al funeral3. [...] A los pocos días emprendió el regreso a Chile. En el aeropuerto de Santiago un funcionario le escupió que no podía entrar al país, porque las actividades subversivas realizadas en Alemania -y sólo asistió al funeral de su hijo- lo privaban del derecho de vivir en Chile.

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